Cuando volvemos a un lugar, en el que vemos que no ha cambiado nada, es cuando nos damos cuenta de cuánto hemos cambiado. Jamas somos la misma persona después de una tormenta. Y cuando esa tormenta termine, ni siquiera vas a recordarte como lo hiciste, cómo lo lograste, cómo lo superaste loca. Ni siquiera vas a estar segura de que en verdad se acabó, nada es seguro, más que una cosa. Jamás sales de esa tormenta, siendo la misma persona. Es cierto, a lo mejor la esencia no se pierde, pero si quien fuiste en ese momento. El momento más certero para mi, el más revelador, es sentir unas ganas inmensas de sonreír al saludar a esa persona. Es verla y decir wow! veo exactamente quien es, quien siempre fue y desear desde lo más profundo de mi alma, que alcance todo aquello que su corazón desea y anhela, que claramente no tiene nada que ver conmigo, nunca lo tuvo. Aceptar eso sin rencor y sin rabia, aunque duela el ego, es darse cuenta de cuánto hemos crecido. Somos seres tan egocéntricos, que ...